
Hubo un tiempo en que Gabino Morales Mendoza, tras el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en 2018, se sintió intocable. La clase política de San Luis Potosí que antes lo miraba por encima del hombro tuvo que cambiar de postura: lo que parecía un joven operador sin peso político, de pronto tenía línea directa con el presidente y un cargo con el que se pensaba que podría mover las piezas más importantes del tablero.
La élite política potosina, a regañadientes, comenzó a rendirle pleitesía. Priistas, panistas, empresarios y hasta morenistas que no lo tragaban se “cuadraron” con él, convencidos de que aquel “súper delegado” de la 4T concentraría un poder enorme. Y mientras todos trataban de quedar bien, él disfrutaba de su nuevo papel como figura central de la política local.
Su coronación llegó en 2019 con el famoso “GabinoFest”: un cumpleaños convertido en despliegue de poder y popularidad. Barra libre, políticos hipócritas de todos los colores, empresarios sonrientes, y un pastel decorado con un ganso que parecía guiñar un ojo a la “Cuarta Transformación”. Esa noche, Gabino se movía entre la multitud como un virrey seguro de que su lugar en la política estaba garantizado por años.
Pero como en toda fiesta, la música tarde o temprano empieza a bajar. La figura del joven delegado comenzó a perder brillo. No fue el poder concentrado que algunos temían: su papel se limitó al manejo de los programas sociales y las decisiones de alto nivel quedaron en otras manos. Luego llegaron los problemas: denuncias por acoso, sanciones por violencia política de género, investigaciones por nepotismo y proselitismo. La prensa dejó de cubrir sus eventos con simpatía para empezar a retratarlo como un político más, de esos que aman los reflectores y los lujos que antes criticaban.
El partido político MORENA, que en su momento lo protegió, un día dejó de hacerlo. En la contienda por la candidatura al Senado, perdió frente a Rita Ozalia Rodríguez. Su “ganamos la encuesta” quedó flotando en el aire como una canción que suena, pero a la que ya nadie quiere bailar. El mensaje fue claro: la pista ya no era suya.
Hoy, Gabino sobrevive políticamente como diputado plurinominal —ese asiento que muchas veces es más un refugio que un premio—. Tiene fuero, sueldo y micrófono, pero ya no tiene la euforia de los días en que hasta sus críticos le llevaban regalos. Aquella clase política que se disputaba una invitación a su fiesta ahora pasa de largo. Si hay pastel, será pequeño, con unos pocos amigos que todavía le guardan afecto… o al menos el compromiso de no quedar mal.
La moraleja es sencilla y amarga: en política, las fiestas se pagan. No siempre en dinero, pero sí en credibilidad, alianzas y futuro. Y cuando la música deja de sonar, no importa cuán fuerte grites que la fiesta sigue… si la pista ya está vacía.

